Cien niños esperando un tren
Por tvtotalchile · 22 Marzo 2026 · 4 min lectura
En el Chile de 1988, cuando el régimen de Augusto Pinochet atravesaba sus últimos años, el cineasta Ignacio Agüero registró una experiencia que se oponía a ese contexto: acercar a un grupo de niños de sectores periféricos al mundo del cine. El documental Cien niños esperando un tren sigue la labor de la educadora Alicia Vega, quien durante 20 sábados realizaba un taller en la población Lo Hermida de Santiago.
Cine como arte y resistencia
Lejos de las salas tradicionales, los niños se introducen en los principios básicos del séptimo arte dentro de una iglesia despojada de símbolos religiosos. Allí fabricaban zoótropos y taumatropos, explorando el fenómeno de la imagen en movimiento con el asombro de los pioneros, como los Hermanos Lumière. El momento más significativo ocurrió cuando viajaron al centro de Santiago para ver, por primera vez, una película en pantalla grande.
La obra de Agüero trasciende el registro del taller. Su cámara, observadora y contenida, también revelaba las condiciones de pobreza y el clima de represión. El testimonio de una niña —que describío cómo agentes irrumpieron en su hogar para interrogarla y grabarla— expone con crudeza una realidad donde ser testigo implicaba asumir un rol de denuncia.
Clasificada por la dictadura como “solo para mayores de 21 años”, la película logró reconocimiento fuera del país, obteniendo el máximo galardón en el Festival de La Habana. Más allá de su dimensión social, el documental se instala como una prueba conmovedora de que el cine, entendido como una fábrica de sueños, puede convertirse en un espacio de resguardo y una forma de libertad incluso en escenarios profundamente adversos.
Una experiencia compartida
En ese sentido, el trabajo de Ignacio Agüero también dialoga con una pregunta más amplia: ¿quién tiene derecho a acceder a la cultura? En un país fragmentado por profundas desigualdades, el taller impulsado por Alicia Vega no solo enseña técnicas cinematográficas, sino que abre una puerta simbólica hacia mundos que, para muchos de esos niños, parecían lejanos o inalcanzables. El cine deja de ser un privilegio y se transforma en una experiencia compartida, colectiva y profundamente humana.
A más de tres décadas de su estreno, Cien niños esperando un tren mantiene una vigencia inquietante. No solo por su valor histórico, sino porque interpela directamente al presente: en contextos donde persisten brechas sociales y culturales, iniciativas como esta siguen siendo urgentes. La película no ofrece soluciones fáciles, pero sí una certeza poderosa: incluso en medio de la precariedad, la imaginación y el arte pueden convertirse en herramientas concretas para resistir, comprender y transformar la realidad.